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Reconstruir el Chocó también se mide en viajes

8 sept
3 min de lectura

El 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro cerca de San José del Palmar sacudió el occidente del país. Con corte al 7 de septiembre, la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres reporta 331 personas fallecidas, 4.505 heridas, 111 desaparecidas y 466.709 afectadas en 16 departamentos. Es el temblor de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo, y los daños preliminares se estiman en cerca de 9.500 millones de dólares.


Un mes después, el país entró en la etapa que genera menos titulares y toma más tiempo: reconstruir.


Lo primero que faltó fue líquido


En San José del Palmar el acueducto dejó de funcionar al mismo tiempo que se fue la energía y se bloqueó la única carretera. Tener ríos y lluvia alrededor no reemplaza un sistema capaz de operar en emergencia. Los balances de Naciones Unidas de las primeras semanas contabilizaron 16 acueductos afectados, 84 centros de salud, 796 sedes educativas y 73 vías con daños en distintas zonas del país.


Cuando falla un acueducto, el agua tiene que llegar en tanque. Cuando falla la red eléctrica, los hospitales dependen de plantas y las plantas dependen de combustible. En los primeros días, la lista de necesidades urgentes que definió el Puesto de Mando Unificado en Quibdó cabía en un renglón: albergues, carpas, tanques de agua, kits de aseo, combustible y plantas eléctricas. Cuatro de esos seis elementos llegan por carretera. Dos son líquidos que exigen equipo especializado para moverse.


La reconstrucción viene con su propia carga


El diagnóstico preliminar de la Gobernación del Chocó indica que cerca de 32.000 unidades habitacionales necesitan algún tipo de intervención. A eso se suman vías, puentes, acueductos, escuelas y centros de salud. El plan de reconstrucción anunciado por el Gobierno Nacional contempla un fondo de 30 billones de pesos, un paquete inicial de infraestructura por 1 billón y un esquema de coordinación con el sector privado inspirado en el Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero, el mecanismo que se usó después del terremoto de Armenia en 1999.


Detrás de cada una de esas cifras hay una operación logística. Una vivienda reconstruida son viajes de cemento, acero y agua. Un kilómetro de vía recuperado es asfalto caliente y maquinaria que consume ACPM todos los días. Un acueducto que vuelve a funcionar necesita químicos para potabilizar. Ninguna obra empieza el día que se firma el contrato: empieza el día que el material llega al sitio.



El cuello de botella no es la buena voluntad


El terremoto dejó al descubierto algo que en el Chocó ya se sabía. Las vías Quibdó–Medellín y Quibdó–Pereira quedaron parcialmente cerradas después del sismo. Municipios como Litoral del San Juan no tienen acceso terrestre: se llega por río o por mar, y la ciudad más cercana es Buenaventura, a tres horas en lancha. Desde Bogotá, la ruta más corta hasta el epicentro toma trece horas y 472 kilómetros cuando el camino está habilitado; cuando no lo está, hay que subir a Quibdó y volver a bajar, 21 horas y 912 kilómetros.


Reconstruir en esas condiciones no se resuelve con más camiones. Se resuelve con planeación de rutas, ventanas horarias realistas, inventarios compartidos, protocolos de contingencia y trazabilidad de cada despacho. La solidaridad de agosto movilizó una cantidad enorme de ayuda; la reconstrucción de los próximos tres años va a exigir algo distinto, que es constancia y método.


En Trial llevamos más de 32 años moviendo graneles líquidos por las carreteras colombianas: químicos, alimentos, aceites e hidrocarburos. No somos quienes levantan las casas ni quienes pavimentan las vías. Pero el concreto no se mezcla sin agua, la maquinaria no arranca sin combustible y una planta de tratamiento no opera sin insumos químicos. Es un trabajo que rara vez aparece en las fotos de una obra y sin el cual la obra no empieza.


Una reconstrucción de esta escala hace visible ese eslabón. También explica por qué en el sector se toman en serio cosas que desde afuera parecen trámite: la trazabilidad de cada despacho, los protocolos de contingencia, las rutas alternas estudiadas con anticipación, la hora de llegada. En operación normal son buenas prácticas. En una emergencia son la diferencia entre que un hospital tenga energía esta noche o no la tenga.


Al comenzar el año escribimos que individualmente somos una gota y juntos somos el mar. El occidente del país puso esa frase a prueba antes de lo que esperábamos. Lo que viene no se resuelve con un gesto grande, sino con muchas operaciones pequeñas que salen bien, un viaje después del otro.


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